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CALIDAD Y SATISFACCIÓN DE VIDA DE ADULTOS MAYORES DE 60 AÑOS EN LIMA-PERÚ - ESTUDIO PILOTO Y ANÁLISIS PSICOMÉTRICO

Por: Arístides Alfredo Vara Horna

3. PSICOLOGÍA DE LA ANCIANIDAD

A pesar del modelo social que hay de la vejez como una época inactiva y de desgaste físico e intelectual, los gerontólogos, especialistas que analizan el proceso del envejecimiento, han dado una imagen muy distinta de los ancianos. Al concentrarse en el período de vida iniciado alrededor de los 60 años, los gerontólogos hacen aportaciones significativas para precisar las capacidades de los viejos y demostrar que valiosos procesos de desarrollo siguen durante la vejez.

Aun cuando las actividades de tiempo libre que llevan a cabo los ancianos no se diferencian mucho de las que hacen los jóvenes 3 (Harper, 1978), bastantes de los cambios físicos, por supuesto, se debe al proceso de envejecimiento.

Los más palpables se refieren a la apariencia -adelgazamiento del cabello y el cabello cano, piel arrugada y flácida y en algunas ocasiones una ligera pérdida de estatura, ya que el tamaño de la espina dorsal que está entre las vértebras decrece- aunque además, se realizan cambios más ligeros en el funcionamiento biológico del organismo (Munnichs, Mussen, Olbrich y Coleman, 1985). Por ejemplo, disminuye la precisión sensorial como consecuencia del envejecimiento; la vista y el oído pierden agudeza, y el gusto y el olfato la sensibilidad. El tiempo de reacción es más retardado. Hay también cambios de vigor físico. Esto debido a que la exhalación de oxígeno y la capacidad del corazón para bombear es menor, el cuerpo es incapaz de dar los nutrientes tan rápido como antes -por lo que la recuperación de la actividad física es más lenta (Shock, 1962)-.

3.1. Las teorías del envejecimiento

¿Cuáles son las causas de esta decadencia física?. Hay dos teorías principales que intentan responder esta interrogante: las teorías de la preprogramación genética y las teorías del desgaste (Bergener, Ermini y Stahelin, 1985; Whitbourne, 1986). Las teorías de la preprogramación genética de la vejez dicen que las células humanas sólo se reproducen hasta cierta edad de las personas, después de la cual ya no pueden separarse (Hayflick, 1974). Una parte de esta hipótesis sostiene que algunas células son genéticamente preprogramadas para obtener un carácter maligno para el cuerpo después de algún tiempo, con lo cual la biología del organismo se transforma en "autodestructiva" (Pereira-Smith et al., 1988).

El segundo punto para comprender el envejecimiento por deterioro físico se basa en los mismos factores que impulsan la frecuente compra de un auto nuevo: las piezas mecánicas se desgastan. Según con las teorías del envejecimiento por desgaste, las funciones mecánicas del cuerpo simplemente dejan de trabajar de manera idónea. Además, los restos de los productos que producen energía finalmente se acumulan, y se hacen errores en el proceso de reproducción celular. Finalmente el cuerpo, en realidad, se desgasta.

No se sabe a ciencia cierta cuál de estas teorías da la mejor explicación acerca del proceso de envejecimiento físico; puede ser que las dos contribuyan. No obstante, es importante entender que el envejecimiento físico no es una enfermedad, sino más bien un proceso biológico natural. Muchas de las funciones físicas no disminuyen junto con la edad. Por ejemplo, el sexo con su carácter placentero continúa hasta muy avanzada edad (aunque la frecuencia de la actividad sexual es menor), e incluso algunos ancianos dicen que el placer que les proporciona el sexo aumenta (Olshansky, Carnes y Cassel, 1990).

Por otro lado, ni las teorías de la preprogramación genética ni las del desgaste explican con éxito un hecho que es muy claro para quien analiza el envejecimiento: las mujeres viven más que los hombres. Las mujeres, en el mundo industrializado viven entre cuatro a diez años más que los hombres (Holden, 1987). La ventaja de las mujeres empieza luego de la procreación. Aunque nacen más hombres que mujeres, éstos tienen un índice más elevado de mortandad tanto en la etapa prenatal como infantil. A la edad de los 30 años la proporción de hombres y mujeres se equilibra. 84% de las mujeres y 70% de los hombres llegan a la edad de 65 años.

Felizmente, la diferencia entre los sexos no se amplía -debido fundamentalmente a los cambios positivos en los hábitos de salud de los hombres, entre los cuales se destaca el menor consumo de tabaco e ingesta de colesterol así como una gran cantidad de ejercicio físico-. Sin embargo, los hábitos de salud no dan una explicación completa sobre la brecha, ya que aún no se sabe por qué las mujeres viven más que los hombres. Lo que está claro es que a las mujeres, con más frecuencia que a los varones, les toca hacer el ajuste profundo que se requiere al morir su compañero. La vida más larga de las mujeres es una bendición contradictoria: con frecuencia el final de la vida tiene que ser enfrentado sin su pareja.

3.2. Cambios cognitivos durante la vejez Hace algún tiempo, demasiados gerontólogos habrían coincidido con el punto de vista acerca de que las personas mayores son olvidadizas y confusas. Sin embargo, actualmente la mayoría de los estudios expresan que ésa está muy lejos de ser una evaluación acertada de las capacidades de las personas viejas.

Una de las razones que explican este cambio de opinión es la utilización de métodos de investigación más completas. Por ejemplo, si se aplica una prueba de coeficiente intelectual a un grupo de ancianos, es casi improbable que el puntaje sea mayor que el de un grupo de personas más jóvenes. Se podría concluir que se debe a que la inteligencia disminuyó con la edad. Pero si se observa más de cerca la prueba aplicada, se podría descubrir que tal conclusión no es del todo correcta. Por ejemplo, muchas pruebas de inteligencia tienen secciones que se basan en el desempeño físico (como ordenar un grupo de bloques) o en la velocidad. En tal caso, el bajo desempeño en la prueba puede deberse a un mayor tiempo de reacción que acompaña a los viejos y tener poco o nada que ver con las capacidades intelectuales de las personas jóvenes (Schaie, 1991).

Otras circunstancias dificultan la investigación del funcionamiento cognitivo de los ancianos. Por ejemplo, los viejos son más propensos a contraer enfermedades físicas. En el pasado, algunos análisis sobre pruebas de inteligencia comparaban erróneamente a grupos de jóvenes físicamente sanos con grupos de personas ancianas, por lo general menos saludables, las cuales alcanzaban puntajes relativamente menores. No obstante, cuando se observa sólo a ancianos saludables, las debilidades intelectuales son poco perceptibles (Avorn, 1985). De igual manera, el bajo puntaje de CI de los ancianos puede deberse a que su motivación en cuanto al desempeño de las pruebas es menor que la de los jóvenes. Para finalizar, las pruebas tradicionales de inteligencia pueden no ser las más adecuadas para los ancianos. Por ejemplo, los ancianos se desenvuelven mejor en pruebas sobre problemas cotidianos y conocimientos sociales, a comparación de los jóvenes (Cornelius y Caspi, 1987).

Por otro lado, se ha encontrado cierta disminución en la inteligencia fluida 4 de los ancianos, aunque se debe señalar que tales cambios realmente empiezan a aparecer en la primera etapa de la vida adulta (Schaie, 1991). La inteligencia cristalizada 5, en oposición, no disminuye, sino que mejora con la edad. Por ejemplo, una mujer anciana a quien se le pida contestar un problema geométrico (que toca la inteligencia fluida) puede tener mayores problemas que antes, pero puede resolver mejor los problemas verbales que piden respuestas razonadas.

3.3. ¿Son olvidadizos los ancianos? Una de las características más frecuentes que se le atribuyen a los ancianos es la de ser olvidadizos. En general, los resultados muestran que las alteraciones amnésicas no son parte inevitable del proceso de envejecimiento. Y aún cuando los ancianos presentan disminuciones de la memoria, su pérdida tiende a limitarse a algunos tipos de memoria. Por ejemplo, las capacidades de la memoria inmediata, difícilmente se atrofian, excepto en casos de enfermedad. En contradicción, cuando ocurre la pérdida de memoria, por lo general se limita a la memoria a largo plazo (Craik, 1977). Además, la pérdida de memoria en muchos casos puede revertirse y aún prevenirse mediante un entrenamiento.

Cuando se crean pérdidas de la memoria a futuro, generalmente se trata de recuerdos episódicos, relacionados con experiencias específicas acerca de nuestras vidas. Otros tipos de recuerdos, como los semánticos (los que se refieren al conocimiento o hechos) y los recuerdos implícitos (recuerdos acerca de lo que no estamos enterados conscientemente), en gran parte no son afectados por la edad (Graf, 1990). Así pues, la pérdida significativa de memoria, en los ancianos, constituye la excepción y no la regla.

3.4. El mundo social de los ancianos

Así como se ha comprobado que es falsa la opinión de que la vejez es resultado inevitable de la edad, también es errónea la opinión de que la vejez forzosamente implica soledad. Los ancianos por lo general se ven a sí mismos como parte activa de la sociedad. Una encuesta representativa muestra que sólo 12% de las personas de 65 años a más ven la soledad como un problema serio (Harris Poll, 1975).

No obstante, los modelos y el comportamiento sociales de los ancianos son diferentes en ciertos ámbitos a los de las personas más jóvenes. Se han creado dos enfoques esenciales para explicar el ambiente social de las personas ancianas: la teoría del retiro y la teoría de la actividad.

La teoría del retiro tiene una visión del ingreso a la senectud como un proceso gradual de aislamiento del mundo en lo físico, social y psicológico. Físicamente, los bajos niveles de energía producen menos actividad; desde el punto de vista psicológico, el interés hacia los demás se centra hacia uno mismo. Socialmente, hay menos relación con los demás y una disminución del nivel de participación en la sociedad en general. Pero, en lugar de evaluar sólo los aspectos negativos del retiro, los teóricos mantienen que deben apreciarse las facetas positivas del mismo, puesto que dan más posibilidades para reflexionar y disminuye la inversión emocional en los demás, es una época de la vida en la que las relaciones sociales inevitablemente terminarán con la muerte.

La teoría del retiro se ha criticado, ya que sostiene que el retiro es un proceso automático, que implica un rompimiento con los estándares de conducta anteriores. Más importante aún es la evidencia que señala que los ancianos son muy felices y se mantienen muy activos socialmente (Havigghurst, 1973).

Tales críticas han conducido al desarrollo de un enfoque alternativo que describe la adaptación social hacia el envejecimiento. La teoría de la actividad sostiene que los ancianos que envejecen con más éxito son los que mantienen los intereses y actividades que los motivaban durante la edad adulta y que se niegan a disminuir la cantidad y el nivel de interacción social. La teoría de la actividad no está exenta de críticas. Por ejemplo, la actividad por sí sola no garantiza la felicidad. Por el contrario, es probable que sea más importante la naturaleza de dichas actividades. Además, no todos los ancianos necesitan una vida llena de actividades e interacción social para llegar a ser felices; como en todas las etapas de la vida, existen algunas personas que se sienten tan satisfechas de llevar una existencia relativamente pasiva y solitaria como las que tienen una vida llena de actividad y relaciones sociales.

Es imposible decir si la teoría de la actividad o del retiro ofrecen una visión precisa de los ancianos, tal vez porque hay muchas diferencias individuales entre las formas en que las personas encaran el envejecimiento. No obstante, es muy claro que los ancianos no están esperando solamente a que llegue la muerte. Por el contrario, la vejez es una época de crecimiento y desarrollo continuos, tan valiosos como cualquier período de la vida.

3.5. Calidad de vida en la ancianidad

La longevidad ha sido, para toda la humanidad, un ideal expresado de muy diversas maneras, desde tiempos inmemorables. Mas no sólo la longevidad o vivir mucho, sino vivir muchos años en las mejores condiciones posibles.

Hace ya más de 20 siglos, Marco Tulio Cicerón, filósofo y orador romano, dedicaba su Diálogo de la vejez a Marco Catón, el Viejo, admirado por la dignidad con la cual éste vivía su ancianidad. Al mismo tiempo y por contraposición, se refería Cicerón a otro Diálogo sobre la vejez escrito por Chío -también filósofo estoico-, el cual aludía a Títono, personaje mítico de Troya, esposo de la diosa Aurora, quien obtuvo de los dioses una larga vida, pero olvido pedirles calidad para la misma. Así que, cansado de vivir y ya en precarias condiciones, Títono logró, finalmente, que los dioses lo transformaran en cigarra.

La meta es, entonces, que la longevidad se convierta cada vez más en mejor calidad de vida y cada vez menos en una calamidad personal. Este propósito es posible de alcanzar, dependiendo de la influencia del contexto histórico y cultural, de las condiciones y estilos de vida, los factores biológicos y los avances científicos en el cuidado de la salud. Gracias a la conjunción de los factores mencionados, es posible no sólo extender la esperanza de vida, sino también posponer algunas pérdidas de capacidades funcionales y, potencialmente, prometer mejorar la calidad de vida por más años, y no sólo más años.

Centrándonos en las investigaciones, éstas han orientado sus esfuerzos a la creación de instrumentos de medición o evaluación de la calidad de vida sin estar acompañados de una reflexión sistemática sobre los aspectos conceptuales en los que se fundamenta. Esta situación ha propiciado que exista una cantidad cada vez mayor de información cuya adecuada interpretación se dificulta por la carencia de una teoría general que dé sentido a dicha información