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INFORME ESTADÍSTICO DEL PRIMER CENSO DE
LOS NIÑOS DE LA CALLE

Por: Arístides Alfredo Vara Horna

1.5. FUNDAMENTOS CONTRA EL ENCIERRO DE LOS NIÑOS CALLEJEROS

Algunos funcionarios públicos y uno que otro "científico social" proponen llevarse por la fuerza a los niños que viven en la calle a los centros de atención en los que deben de permanecer de manera obligatoria para su rehabilitación.

Esta visión parte del supuesto de que los niños, por su deterioro y grado de adicción no pueden tomar decisiones y es necesario "pensar por ellos". Dentro de esta lógica, la única manera de iniciar un proceso educativo con estos niños es obligándolos a desintoxicarse y alejarse de su ambiente callejero. Así proponen que la ley otorgue poder amplio para proceder mediante el uso de la fuerza frente a los niños y jóvenes de la calle.

Un argumento en el que basan dicha propuesta tiene cierto poder de convencimiento por su aparente sentido común. El argumento es expresado en alguna medida de la siguiente forma: "si se tratase de un hijo tuyo no permitirías que viviera en la calle... por lo tanto, ya que a estos niños y jóvenes su familia y su comunidad les han fallado... ahora el gobierno tiene que responderles como un padre sustituto."

Desde este punto de vista, por encima de la defensa a los derechos humanos de la niñez habría que anteponer el rescate a los niños aún si esto implica utilizar medidas coercitivas. Para quienes esto proponen, las organizaciones en general parecerían haber fallado en su tarea de persuadir o convencer para que los niños abandonen la calle de manera voluntaria.

Llevarse a los niños por la fuerza y tenerlos en centros contra su propia voluntad son prácticas recurrentes por diversos gobiernos y organismos a lo largo de la historia. Estas prácticas han dado pie a centros que se constituyen en verdaderas cárceles de niños hasta centros terapéuticos, similares a los modelos utilizados en el tratamiento contra las drogas.

Las aberraciones que se han cometido contra los niños en este tipo de centros han llevado a que, en efecto, se denuncien las violaciones a los derechos humanos de los niños involucrados. Así tales prácticas siempre han presentado graves contradicciones jurídicas y éticas en tanto a diversos acuerdos internacionales y frente a la legislación nacional.

Sin embargo, la preocupación central de este tipo de prácticas se centra en los efectos que provoca en los niños que las padecen. Históricamente se ha mostrado que los centros o programas basados en tales criterios son ineficaces para dar respuesta a la compleja problemática en que se desenvuelven los niños callejeros.

Generalmente, las concepciones que se centran en la detención y encierro obligatorio de niños callejeros tienen algunas características similares:

  • Conciben al niño como un enfermo e incapaz, por lo que se le desconoce toda capacidad de reflexión y acción y se enfatiza únicamente en sus "anomalías". Sin embargo, no se determinan los criterios de evaluación y procedimiento para determinar tal incapacidad.
  • No hace distinciones entre los niños y los problemas específicos que presentan, asumiendo que todos requieren del mismo tipo de intervención. Esto lleva a criterios poco claros que permitan definir cual tipo de alternativa puede ser la más adecuada para determinados niños y bajo que circunstancias (casa hogar, albergue psiquiátrico, familia sustituta, su propia familia, etc.).
  • Tiende a "criminalizar" o "penalizar" la vida en la calle.
  • Normalmente el niño aprende rápidamente a "decir lo que el adulto quiere escuchar" para obtener la posibilidad de escapar.
  • Coloca el problema "dentro del niño" sin tomar en cuenta los diversos factores externos que influyen.
  • Construye un "mundo falso" para el niño dentro de la institución, sin brindarle la oportunidad de relacionarse con su entorno.
  • Califica de nocivo la totalidad del ambiente del niño: familia, comunidad, etc. por lo que busca alejarlo y desvincularlo de él. En otros casos no existen elementos que permitan supervisar y garantizar la construcción de una vida fuera de la institución y el vínculo con su familia.

Parte del problema es que las medidas de encierro obligatorio dejan de lado la importancia que tiene prevenir la salida de los niños a la calle mediante la realización de programas de desarrollo comunitario. Al apuntar principalmente a que los niños no permanezcan más en la calle de manera inmediata, tales medidas promueven lo que en el medio de atención a niños callejeros se conoce como la institucionalización.

La institucionalización se refiere a una situación en la que los niños callejeros son integrados obligatoriamente a un determinado centro bajo condiciones en las que se pone poca atención a sus necesidades y proceso personal (y en muchos casos mediante el uso de métodos coercitivos). Tal situación trae como consecuencia un deterioro en sus condiciones y expectativas de vida que se manifiesta en aspectos que pueden ser tan contradictorios e ir de una baja identidad y rechazo al centro de atención o el deseo de regresar a la vida callejera, al desarrollo de conductas que se manifiestan en la pasividad y dependencia hacia la institución que los incapacita para una vida adulta responsable y creativa.

De esta forma, la institucionalización es resultado de una visión superficial de las razones por las cuales los niños se encuentran en la calle y por las que permanece en ella, la que lleva a concluir que sólo basta quitarlos de la misma para que no vuelvan más.

Las investigaciones más recientes desarrolladas predominantemente desde el campo de la antropología social ayudan a entender que en los factores que llevan y retienen a los niños en la calle, además de aquellos de origen psicológico, los procesos socioculturales tienen un papel relevante. De entre ellos uno de los que destaca es el de la identidad.

Desde esta perspectiva, la vida en la calle más que una patología individual, representa un sistema de relaciones y representaciones construidos a partir de una realidad concreta por un grupo específico y cumple, entre muchas otras cosas, la función de brindar un sentido de identidad que es necesario para la construcción y supervivencia del sujeto en lo individual y lo colectivo.

La permanencia en la calle, las estrategias para sobrevivir, la violencia e incluso la droga misma, son componentes de esta vida en la calle y, pese al daño que muchos de estos elementos causan a los niños, cumplen la función de integrar y dar sentido a este grupo.

De ahí que, actualmente, cada vez más programas busquen formas para abordar a los niños de la calle de manera que este sistema de relaciones en el que se insertan sea modificado y reconstruido paulatinamente, se oriente hacia fortalecer una identidad diferente a la que los mantiene en la calle y no termine por reforzarla.

Si bien desde esta perspectiva se van construyendo modelos y revisando los actuales, existen evidencias de que hay modelos que terminan por reforzar la estancia en la calle.

En el desarrollo de una identidad alternativa a la callejera, va quedando claro la necesidad de construir modelos que faciliten un ambiente en donde los niños se sientan integrados, escuchados, participantes y seguros. Los modelos masivos aún con las mejores intenciones, presentan de origen una dificultad para lograr este proceso y terminan casi siempre convirtiéndose en bodegas de niños.

Distintas instituciones no gubernamentales durante momentos estratégicos de sus programas educativos se valen de centros en los cuales coinciden cantidades considerables de niños, sin embargo, cuando se trata de consolidar los procesos primarios siempre disponen de centros conformados por menos de 20 niños que han vivido en la calle, pero que han pasado por un proceso paulatino de alejamiento de la misma y que requieren fortalecer su nueva identidad.

La oposición a los modelos "institucionalizantes", no significa dejar a los niños en su condición callejera, sino cuidar de no repetir modelos que tienen a todas luces más riesgos que los beneficios que se proponen.

Una de las críticas más significativas en oposición se construye en torno a las posibilidades de proyección que la institución le ofrece al niño a largo plazo. En este sentido, la oferta masiva le ofrece al niño una identidad abstracta: la institución. Dicha identidad es por naturaleza temporal. Aún si imagináramos los vínculos con los responsables del tratamiento como ideales, estos se construyen en torno a una acción laboral y no presentan una opción a largo plazo para el chico.

Por otro lado, al ubicar el centro del problema dentro del propio niño: su enfermedad, adicción, anomalía etc., el programa propuesto presta escasa atención al fortalecimiento de las capacidades de relación y vínculos del niño con su medio. Así mismo, es nula la atención que se presta al fortalecimiento de espacios que ofrezcan alternativas de desarrollo a largo plazo fuera de la institución.

De tal suerte cuando llega el momento de que el chico deje la institución carecerá de los elementos necesarios para desarrollarse de manera independiente. Su trabajo, amigos, vínculos afectivos, red de apoyo etc. serán dependientes de la propia institución.

En el mismo sentido que la comunidad, se presta muy poca atención al papel de la familia tanto para niños en riesgo de salir a la calle, como, sobre todo, para aquellos que serán atendidos en los centros. Desde hace varios años se ha mostrado el efecto negativo que ha tenido ignorar la relación de los niños con sus familias e, incluso, suponer que entre más distancia exista entre unos y otros se logrará un mejor resultado.

Análisis más recientes han mostrado que uno de los factores que determinarán a la larga la permanencia o no de un niño dentro de determinado programa es la forma en como se logre recuperar y sanear sus vínculos familiares. Esta tarea en numerosos casos ha permitido que los niños regresen a vivir con sus familias cuando esto es posible. Así mismo, se ha determinado que aún cuando el chico no puede regresar a vivir con la familia, es fundamental para su desarrollo psicológico y social la posibilidad de restablecer vínculos y comunicación con su familia.

Otro aspecto importante a tomar en cuenta en el trabajo con la familia del niño, es la posibilidad de prevenir la salida de más miembros de dicho grupo ya que es evidente que en él existen condiciones de alto riesgo.

Las propuestas que tratan de obligar a niños callejeros a ingresar a los programas normalmente minimizan las posibilidades de que sean la comunidad y la familia agentes importantes para su recuperación no sólo por olvidar acciones dirigidas a éstas, sino porque además los descarta al considerar que su familia, sus instituciones y su comunidad les han fallado y presentar la figura del gobierno casi como un ser encarnado capaz de reparar el daño que estos le han causado.

Así cada vez más cobra relevancia ampliar los programas de atención, promoción y desarrollo de las familias de niños callejeros y en riesgo de serlo.

El argumento que más impacto causa a favor de proceder mediante la fuerza - haciendo un paralelismo de lo que un padre de familia responsable haría si se tratase de uno de sus hijos- tampoco parece sostenerse.

Cuando hablamos de la familia y de la relación padres e hijos es necesario considerar las relaciones afectivas, de comunicación y profunda interacción humana que las conforman en la vida cotidiana dentro de las cuales una acción coercitiva bajo ciertas condiciones tendría un cierto tipo de sustento moral y podría funcionar ante una situación muy específica de la vida familiar.

Pero la situación cambia cuando se habla de las instituciones. En la calle es muy común que las primeras figuras de gobierno a la que se enfrentan niños y jóvenes sean policías y cuerpos de seguridad en general; en el mejor de los casos se tratará de un trabajador social pero que por regla común no están orientados a crear relaciones de confianza y afecto.

En muy pocas circunstancias las relaciones que se inician dentro de un contexto de violencia, intrusión y autoritarismo -por bondadosos que sean sus fines- pueden tornarse luego en pilares de un proceso educativo o de rehabilitación, sobre todo cuando no existe la relación humana adecuada y la autoridad moral reconocida por parte del sujeto quién recibe tal violencia.

Mientras algunos estudiosos del tema hablan de la importancia de tomar en cuenta diversas perspectivas científicas para cualquier definición de los niños callejeros, en la medida de que ello permite ubicar distintos niveles y dimensiones en los cuales es necesario intervenir, esta definición tiende a reducir dicho fenómeno a una categoría clínica-psiquiatrica o terapéutica en donde el problema es enfocado como una patología desde la cual el niño adquiere la calidad de paciente o enfermo. Dicho fenómeno es entendido así como un síndrome y en el peor de los casos reduce el problema central a la adicción.

Si bien esta perspectiva es válida, aparece como una reducción conceptual cuando pensamos que la propuesta no cobija a un instituto de salud mental para los niños de la calle o un centro contra las adicciones (para lo cual quizá dicha reducción sería suficiente), sino una estrategia más amplia. Una concepción más extensa debería de dar origen a un programa en direcciones más amplias como son: su familia de origen, el grupo sustituto, el niños, las redes sociales primarias (parientes y vecinos) y secundarias, la organización, la comunidad inmediata, etc.

La simplificación que se hace de este fenómeno pone en riesgo otro elemento que las organizaciones sociales consideran fundamental en el proceso de desadaptación gradual de la calle: la capacidad de los niños de expresarse y participar individual y colectivamente en los procesos que tienen que ver con su vida. Algunas de las críticas hechas a las comunidades terapéuticas clásicas señalan el hecho de que, al considerar al sujeto como un enfermo que no tiene la capacidad propia para elegir por sí mismo, es perfectamente justificable utilizar procedimientos coercitivos para su ingreso y permanencia a los centros de rehabilitación.

El derecho a participar y expresarse -además de ser un derecho establecido en la Convención Internacional de los Derechos de la Infancia- constituye para el niño un elemento determinante en el proceso de formación de nuevos esquemas y conocimientos, sin los cuales no es posible avanzar a nuevas etapas de vida.

Al centrar la definición de los niños callejeros a sus dimensiones básicamente individuales se olvida entre otras cosas:

  • La historia personal de niño (incluyendo el tránsito por las instituciones).
  • Los abusos físicos, sexuales y emocionales sufridos y cometidos.
  • Sus redes subjetivas (contactos interpersonales con su contexto)
  • El acceso a las substancias psicoactivas: uso, abuso y utilidad.
  • Características de relación con su grupo (roles, funciones, valores, códigos, etc.)
  • Fuerte sentido de pertenencia con un grupo callejero.
  • Que a una misma zona siguen llegando nuevos niños que se integran a este sistema callejero

Para caracterizar el tipo de población al que se dirigen los diferentes programas públicos o privados, se exige un diagnóstico previo que tome en cuenta de manera profunda y detallada todas las particularidades necesarias que permitan precisar y comprender el terreno de intervención y sus modalidades.

Lo anterior implica reconocer aspectos como el grado de arraigo de los niños con la calle o el tipo de relación que guardan con sus familias de origen, entre otras cosas.

El debate hasta aquí sostenido hace pertinente una pregunta: si no se llevan los niños a la fuerza, ¿Cómo van a ingresar a un programa de atención?

La respuesta a esta pregunta se busca a través de la llamada "educación de calle". Dicho proceso se reconoce como fundamental por dos aspectos:

  • El niño requiere de cierto proceso educativo para estar en condiciones de ingresar y permanecer en un centro residencial de puertas abiertas.
  • El proceso de calle permite la detección de alternativas a la institucionalización para algunos de los niños.

Es justamente dentro de este proceso dónde yacen la mayoría de las limitaciones encontradas en los diversos programas públicos y civiles que se han desarrollado. Frecuentemente los niños callejeros viven momentos en los que desean dejar la vida callejera. Sin embargo, el arraigo que tienen a ella es muy fuerte y les ha generado un deterioro físico y emocional que no les permite proyectarse a futuro y tomar la decisión de modificar su vida. Si llegan a tomar esta decisión en un momento de crisis, es muy poco probable que logren mantenerse fuera de la calle por más que unas cuantas semanas o meses. Esto se manifiesta claramente en el tránsito de los niños callejeros a través de diversas instituciones sin lograr establecerse en ninguna de ellas.

Es preciso promover un proceso de restablecimiento desde la propia calle para que el niño este en condiciones de ingresar y permanecer en una institución. Es decir, la dificultad para que el niño pueda dejar la vida en la calle es mucho más un asunto de desarrollo infantil y juvenil en el que hay que fortalecer la voluntad o toma de decisiones.