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POR QUE LAS PERSONAS SE DROGAN Psic: Arístides Alfredo Vara Horna2. Los motivos para el consumo de drogas: El consumo de drogas ha existido siempre y en todas las sociedades y su utilización ha respondido a diversas y muy concretas finalidades: se ha empleado en ritos de iniciación de jóvenes, para facilitar la oración, para garantizar la cohesión de un grupo con ocasión de determinadas fiestas, para preparar a los guerreros para la lucha. Sin embargo, en la actualidad, el consumo de drogas suele despertar la curiosidad de los jóvenes (Anatrella, 1994). Las investigaciones epidemiológicas demuestran que cada vez más personas consumen sustancias psicoactivas legales (alcohol y cigarros) a edades cada vez más precoces. No debe sorprender encontrar personas con una edad de inicio de consumo cada vez más temprana, sobre todo si en el medio social que les rodea, estos productos están presentes en cualquier lugar, apareciendo a través de anuncios seductores y gozando de una alta aceptación social (Mendoza, 1994). Diversas investigaciones han estudiado los efectos poderosos de la publicidad para predisponer y reforzar el consumo de sustancias legales (Chapman y White, 1988). Sin embargo, los efectos de la publicidad disminuyen cuando los padres establecen reglas claras o sanciones para los hijos fumadores (Vara, 1998, 2000). En un estudio realizado con escolares limeños (Vara, 1998), se encontró que “los principales motivos para probar el cigarrillo son: la curiosidad, el mejor amigo fuma, todos sus amigos lo hacen, [ellos] quieren sentirse mayores y, finalmente, los presionaron para que fumen. En relación con los motivos para continuar fumando, señalan que lo hacen porque todos sus amigos fuman, porque sus padres también fuman, en casa no les dicen nada y quieren olvidar los problemas”. Según este estudio, la actitud de permisividad en los padres (“no me dirían nada”) se convierte en un predictor importante para que los hijos se conviertan o no en fumadores. Según Vara (1998), “el 89% de escolares que probó alguna vez el cigarrillo, afirmó que sus padres les reprocharían por ello, mientras que sólo el 6% de los escolares fumadores lo dijeron”. En ese sentido, se entiende por qué la ausencia de reglas claras en el hogar está asociada al consumo de cigarrillos en los hijos. Sobre este tema se han realizado numerosos estudios, los cuales han demostrado que los hijos de padres violentos y consumidores de sustancias tienen mayor probabilidad de convertirse en fumadores o bebedores (Charlton, 1991; Charlton y Blain, 1989; Rooney y Villahoz, 1994, 1995; UICC, 1990). Quizá una de las variables que más predice el consumo de sustancias psicoactivas en los hijos sea el que los padres también consuman sustancias. Según Vara (2000) los escolares que consumen alcohol y tabaco en mayor proporción e incidencia son hijos de padres que beben y fuman. El mismo autor (Vara, 1998), encontró que: “al comparar las puntuaciones, se observa que los fumadores son los que mayores niveles de conflictos familiares tienen, seguidos de los escolares que han fumado alguna vez y, por último, los que nunca lo han hecho (...) Las variables que más predispone a los jóvenes para fumar son: padres que fuman, ausencia de reglas en el hogar, desintegración familiar, ausentismo materno por trabajo.“ Hasta aquí, queda claro que la actitud de control de los padres es un agente protector para que los hijos no consuman drogas. Se supone que cuando los padres son más educados y acomodados socialmente, la actitud de control hacia los hijos es mayor. Lamentablemente, no siempre sucede así, sobretodo cuando padre y madre no se ponen de acuerdo de cómo educar a los hijos. En un estudio realizado con 2934 familias de la ciudad de Huancayo, Vara (2000c) demuestra que cuando el modelo familiar es patriarcal -es decir, el padre es la figura de autoridad- la familia es menos violenta y menos propensa a consumir drogas. La situación se invierte cuando la familia es “moderna”, es decir, la madre trabaja fuera de casa o discute frecuentemente con el padre. Existen diversos estudios donde se ha encontrado una tasa de delincuencia y consumo de drogas mucho mayor en los hijos de padres divorciados o separados. Sin embargo, es importante señalar que los niveles de delincuencia y drogadicción son mayores en los niños que están bajo la custodia materna (Hathaway & Monachesi, 1992). Aún cuando la idea podría resultar sorprendente para algunos, la mejor fuerza policiaca para prevenir la adicción de los hijos es la autoridad íntegra de millones de padres. A pesar que las cualidades maternas son importantes para los hijos más jóvenes, las cualidades paternas son más importantes para los mayores, especialmente en lo referido al respeto de las normas y el cumplimiento del deber. Los resultados de un estudio realizado por Ramsay (1992) revelaron que el 75% de los presos recluidos en las cárceles norteamericanas provienen de familias desintegradas o cuyo jefe de hogar es una mujer. Los predictores de la génesis adictiva no sólo se circunscribe a la ausencia de una imagen paterna coherente, sino también, al desarrollo de políticas sociales que minan la autoridad de los adultos. Una de esas tendencias es el seudo-constructivismo. Según esta política, los niños deben erigirse autónomos y espontáneos, en otras palabras, ser sus propios modelos. Como consecuencia de ello, los jóvenes tienden a creerse seres inmortales y centros del mundo. Cada cual quiere ser su propio modelo, a costa de los demás y de la necesidad de aprender para desarrollarse. Quieren ser lo que desean sin esforzare. Eso, obviamente, va a desencadenarles poca tolerancia a la frustración y depresión constante. Creer que uno puede hacerlo todo por sí mismo es una idea errónea que, sin embargo, obsesiona a muchos desde que, en los años 60, se abandonó la relación educativa en beneficio de la relación de explicación psicológica (Anatrella, 1994, 1996). En la psicología del dependiente, haya o no consumo de drogas, el proceso de identificación queda neutralizado, y el sujeto, erigido en su propio modelo, se considera a si mismo en un ser excepcional capaz de realizar proezas: pretensión, cuando menos ilusoria, que a más de uno arrastra a la depresión. Pero el problema del mayor consumo de drogas en jóvenes no sólo se inscribe en las familias violentas o familias donde la madre es el signo de autoridad. Psicólogos e investigadores han demostrado que la actitud adictiva de los jóvenes también se forma en la más temprana edad. La probabilidad de desarrollar conductas adictivas aumenta cuando la persona ha sido privadas afectivamente en su infancia. Desde hace algunas décadas se observa una tendencia creciente de la deprivación afectiva de los niños por parte de las madres. Esta tendencia, alimentada por un feminismo que ha descuidado el desarrollo integral de los niños, minimiza y denigra las funciones maternas por considerarlas denigrantes para las mujeres. Basta con revisar la historia de la política feminista para encontrar en los inicios de los años ‘60 la maquinaria anti-ama de casa y madre de familia. Incluso, no es raro escuchar a lideresas del movimiento feminista en el Perú (ej. Ana María Yañez) que se refieren a la maternidad como una “trampa biológica a la que las mujeres deben renunciar”. El resultado de esta política es una neurosis maternal a gran escala (Langer, 1981). Existe evidencia irrefutable del papel capital de la ternura y cuidado maternal en la primera infancia (Bowly, 1961; Harlow, 1962; Langer, 1961; Lowen, 1967). La calidad de las primeras relaciones entre la madre y el hijo es decisiva en la estructuración del funcionamiento psíquico. Según Winnicott (1951), una madre “suficientemente buena” tiende a sentirse fusionada con su bebé en los primeros meses. La falta de representaciones “cuidadoras” hace al sujeto incapaz de autoasegurarse mediante la identificación con las funciones paternas y maternas en los momentos de tensión afectiva. Así, McDougall (1989) sostiene que el comportamiento adictivo es un intento de protección y seguridad ante los estados psíquicos amenazantes. Para la autora, la dependencia patológica:
Por lo tanto, si las madres deprivan afectivamente a sus hijos por razones laborales, estos crecen sin las bases afectivas necesarias para enfrentarse a la vida con efectividad. Ahora, los problemas no sólo se circunscriben a la génesis de la actitud adictiva de los niños, sino también, a la actitud adictiva de las mismas mujeres. Consecuencias indirectas de la política feminista son el exponencial incremento del consumo de cigarros en mujeres en los países desarrollados (3 mujeres por cada varón) y el consumo de drogas en mujeres a una menor edad. En nuestro país, las mujeres, en comparación con los hombres, consumen más tranquilizantes. El intervalo de edad de mayor consumo se produce en toda la vida reproductiva de la mujer, con las mayores frecuencias entre la menarquia y la menopausia (Contradrogas, 1999). Extraña coincidencia, que nos permite especular la presencia de una neurosis sexual femenina a gran escala. En resumen, esta breve introducción a la problemática del consumo de drogas, ha permitido demostrar como -actualmente- las personas están sumergidas en un ambiente social que estimula los comportamientos adictivos de todo tipo. Si bien es cierto que la sociedad no determina -sino, todos seriamos dependientes patológicos-, sí dispone y facilita el desarrollo de ciertos modelos de comportamiento. Si bien las políticas actuales enfatizan mucho en la acción del estado, ya que es éste quien debe elaborar una severa legislación contra el tráfico ilícito de sustancias, debe quedar en claro que, una cosa es luchar contra las redes de producción de las drogas, y otra cosa muy diferente es combatir las circunstancias que predisponen al individuo a drogarse. Y de eso se va a tratar aquí.
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