![]() |
||||
EL ESPECTRO DEL SINDROME DE ALIENACION PARENTAL
Psicóloga Forense Dra. Deirdre Conway Rand Deirdre Conway Rand, Doctora en medicina, practica la psicología clínica y forense en Mill Valley, California. Se especializa en formas complejas de abuso emocional, tales como la Alienación Parental severa y el Síndrome de Munchausen por terceras partes. Es la autora de artículos sobre este último, y de dos capítulos del libro "El Espectro de Trastornos Artificiales ", publicado por la Asociación Psiquiátrica Americana.
Periódico Americano de Psicologia forense, volumen 15 numero 3, 1997
EL PAS EN DIVORCIOS ALTAMENTE CONFLICTIVOS : El divorcio altamente conflictivo se caracteriza por una situación prolongada de conflicto tras la separación, con hostilidad entre los progenitores que pueda haberse expresado abierta o encubiertamente a través del litigio en curso, con agresiones verbales y físicas, y tácticas de sabotaje y de engaño o fraude. La literatura clínica y de investigación sugiere que el Síndrome de Alienación Parental es un tipo distintivo de divorcio altamente conflictivo que puede requerir intervenciones específicas frente al PAS, del mismo modo que los problemas de las familias divorciadas tienen más solución mediante intervenciones específicas relativas al propio divorcio que mediante la aplicación de terapia tradicional. En su libro sobre niños atrapados en medio de un divorcio altamente conflictivo, Garrity y Baris tratan al PAS como una dinámica familiar que se suscita en casos de divorcio, dedicando dos capítulos al PAS, uno para comprender el fenómeno y otro para establecer un modelo comprensivo de intervención (21). En los divorcios altamente conflictivos que no muestran síntomas significativos de PAS, los padres desarrollan la mayor parte de la confrontación mientras los niños se las arreglan para ir y venir de una casa a otra, mantener sus propios puntos de vista y retener su afecto por ambos padres. Se las arreglan desarrollando habilidades activas para maniobrar en el contexto de la situación o adoptando una estrategia de supervivencia según la cual se trata a ambos progenitores con igual justicia y distancia (8). Periódicamente, los niños pueden exacerbar los conflictos entre los padres cuando disfrazan las ansiedades derivadas de la separación propias de la edad, diciendo a cada progenitor lo que cada progenitor quiere escuchar y trasladando su supeditación de uno a otro progenitor. Sin embargo, evitan una alineación consistente con un padre en contra del otro, y pueden disfrutar el tiempo que pasan con cada progenitor una vez que ha terminado el difícil proceso de transición de una casa a otra. En los divorcios altamente conflictivos con una presencia considerable de PAS, los niños se involucran personalmente en el conflicto de los padres. Incapaces de manejar la situación de manera que puedan preservar una relación afectuosa con ambos, el niño se pone del lado de uno de los progenitores y en contra del otro, y participa en la batalla como aliado del padre alienador que se devine como "el bueno" frente al otro padre, que se contempla como "el malo". En un estudio realizado entre 175 niños de familias altamente conflictivas, Johnson descubrió que la hostilidad crónica y el constante litigio entre los padres contribuía al desarrollo del PAS entre los hijos mayores (9). En otras palabras, cuando el sistema se muestra incapaz de calmar y contener los conflictos de divorcio entre los padres, los hijos tienen mayores riesgos de desarrollar un PAS cuando crecen. Johnston reconoce que sus logros apoyan la afirmación de Gardner de que hasta el 90% de los niños involucrados en un litigio continuado de custodia muestran síntomas de PAS. Un estudio a gran escala de los patrones de conflicto legal entre los padres divorciados tres o cuatro años después de terminar el proceso arrojan hallazgos significativos en el sentido de que las parejas más hostiles en el divorcio no fueron necesariamente los que se involucraron en las batallas legales más contenciosas (20). Esto sugiere que el PAS puede no darse sólo en el contexto de un litigio, sino que puede desarrollarse una vez que el litigio ha concluido, o con motivo de retomar nuevamente la actividad litigiosa después de varios años, apoyando así lo que Dunne y Hedrick descubrieron en su estudio clínico en familias con PAS agudo (22). Conforme a la opinión de Johnston, el divorcio altamente conflictivo es el producto de un impasse de muchos aspectos entre los progenitores (8). A menudo, el impasse tiene sus raíces en la vulnerabilidad extrema de uno de ambos progenitores respecto a temas relacionados con la herida narcisista, la pérdida, la rabia y el control. Estas vulnerabilidades impiden un ajuste satisfactorio del divorcio y alimenta un ciclo inagotable y a veces en escalada de acción y reacción que promueve y mantiene el conflicto entre progenitores. Los padres se quedan enquistados durante la transición, en una situación psicológica que no es ni de matrimonio, ni de separación ni de divorcio, un patrón que puede surgir incluso cuando sólo uno de los progenitores sufre perturbaciones significativas. Usando el modelo de Johnston, el PAS puede concebirse como un esfuerzo por parte de uno de los progenitores, con la ayuda de los hijos, de "resolver" el impasse surgido del divorcio con una comprensión perfectamente inequívoca de quién es el bueno, quién es el culpable y de cómo el progenitor culpable debiera ser castigado. El siguiente caso ilustra este supuesto. Como en otros casos paradigmáticos que se intercalarán a lo largo de este artículo, el escenario descrito ha sido sintetizado de casos reales que la autora y sus colegas han presenciado. El Sr. L había adoptado al hijo de su esposa, habido de un matrimonio anterior, y además, él y la Sra. L tenían un hijo propio, una niña de seis años, cuando el Sr. L. Dejó el domicilio familiar. Durante los seis meses que precedieron a este súbito suceso, la Sra. L. había vivido en una parte de la casa con el hijo mayor, en tanto el Sr. L. y su hija tenían habitaciones juntas en otra parte de la casa. Los padres apenas se hablaban, pero los niños deambulaban libremente por la casa con ambos padres. En tales circunstancias, el Sr. L. no creyó que su esposa se opusiera a su marcha, pero por si acaso se producía una escena, decidió primero irse y luego abordar las consecuencias prácticas con la Sra. L. Dejó una carta para ella y otra para los niños, explicando su decisión y afirmando su deseo de establecer un sistema para ver a los hijos y contribuir a su sostenimiento. La Sra. L se enfureció. Inmediatamente cambió las cerraduras y bloqueó con éxito todos los esfuerzos de su marido de contactar con los niños telefónicamente y de verlos. Ambos niños se sintieron probablemente traicionados por su padre, y la Sra. L. amplificó esos sentiemientos diciendo a los niños que su padre los había abandonado y que no se preocupaba por ellos. También le acusó de tener muchas aventuras durante el matrimonio, aunque el Sr. L. siempre lo negó. Estas acusaciones pudieron surgir de que la Sra. L. supo seis semanas después de la marcha de su esposo de que este estaba saliendo con alguien. Furiosa, le dijo al Sr. L. que nunca volvería a ver a los niños. Ella y los niños comenzaron a llamar al Sr. L. y a su novia a todas horas, gritando acusaciones y obscenidades por teléfono hasta que se pudo obtener una orden judicial de restricción. Cuando los esfuerzos del abogado del padre para intentar una mediación entre el Sr. y la Sra. L. chocaron contra un muro, el Sr. L. obtuvo una orden judicial respecto al régimen de visita. Habían pasado tres meses cuando volvía a tener la oportunidad de ver a sus hijos desde que se marchó de casa. En la víspera de esta visita, la Sra. L llamó al servicio de protección de menores y acusó al Sr. L. de acosar sexualmente a su hija. De acuerdo con las notas del asistente social, que se exhibieron en el pleito posterior, la Sra. L. dijo al asistente social que "sabía" que el Sr. L. acosaba sexualmente a su hija incluso en la época en que ambos convivía aún. El juzgado de familia ordenó una informe sobre la custodia que se elaboró con minuciosidad y que se completó tras varios meses. El evaluador documentó varias situaciones en las que las afirmaciones de la niña sobre el abuso y el odio hacia su padre habían sido fuertemente inducidas por la rabia abrumadora de la madre y del medio hermano mayor, que se había alineado intensamente con la madre. A la Sra. L se le diagnosticó un severo trastorno narcicista de la personalidad con características antisociales, en tanto que el Sr. L. fué considerado por el evaluador como más bien pasivo en comparación, e igualmente ambivalente y soslayador de todo conflicto. El evaluador pudo mantener una reunión con el padre y la hija juntos, durante la cual era visible el vínculo afectivo entre ambos. Era la primera oportunidad para la pequeña de hablar con su padre sobre los sentimientos engendrados por su marcha. Resultó también ser su última oportunidad. El PAS se intensificó de tal manera que los intentos para volver a celebrar otras sesiones con el padre y la hija juntos fracasaron cuando la niña cogió una rabieta en la sala de espera y huyó gritando al aparcamiento donde esperaba su madre. Siete meses después de la separación matrimonial, el informe del evaluador de la custodia se presentó. Aseguraba que el abuso del que se había formulado acusación no había existido con toda probabilidad, pero fracasó a la hora de diagnosticar PAS agudo junto con las falsas acusaciones de abuso. El evaluador recomendó que la madre retuviera la custodia y que la niña y sus padres se embarcaran en una terapia individual que permitiera facilitar la reunificación de padre e hija. No fué de sorprender que la Sra. L. se las arreglara para que el terapeuta internista que trató a la hija nunca viera el informe del evaluador de la custodia. Basado en la información que trasmitía la madre exclusivamente, el terapeuta trató a la hija de un abuso sexual de su padre en lugar de facilitar terapia específica de divorcio encaminada a ayudar a la pequeña a ajustarse a la nueva situación de divorcio de sus padres y a establecer una relación post divorcio con su padre. La rabia de la niña hacia su padre se fue extremando cada mes más, lo que hacía fracasar las visitas planificadas por el centro de mediación familiar. Finalmente, un año después de la separación, el evaluador de la custodia se sintió inclinado a testificar la presencia de un PAS y a hacer las fuertes recomendaciones que se requerían para remediar la situación. Para ese tiempo, el padre estaba ya convencido de que nadie podía hacer nada respecto a las contínuas expresiones de odio de su hija hacia él. También se sintió intimidado por la perspectiva de una prolongación del litigio y de un mayor hundimiento económico. Decidió dejarlo pasar, confiando en que un día, cuando su hija creciera, comprendiera y volviera a buscarle.
|
||||