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seccion: SEXUALIDAD
INDICE
RESUMEN
INTRODUCCION
SOBRE LA DISMENORREA
EN EL AMBITO INTERNACIONAL
ANÁLISIS
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFIA

DISMENORREA EN JÓVENES UNIVERSITARIAS DE LIMA-PERÚ

Por: Roa Mego, Ysis

1. SOBRE LA DISMENORREA:

La dismenorrea (etimológicamente “menstruación dificultosa” y en lenguaje clínico “menstruación dolorosa”) es uno de los cuadros cíclicos, dentro de los procesos dolorosos pélvicos crónicos. Se la denomina también “algomenorrea” y puede variar desde episodios muy poco intensos, apenas molestos, hasta situaciones extremadamente severas – aunque mucho más raras – en las que junto al dolor de gran intensidad, aparecen náuseas, vómitos, diarrea y colapso, provocando una morbilidad muy significativa, aunque nunca amenaza directamente la vida.

Aunque etimológicamente el concepto de dismenorrea hace referencia a cualquier alteración que se observe en el ciclo menstrual (amenorrea, menalgia, etc.) en la actualidad el término se usa para referirse a todas aquellas sensaciones de malestar y dolor que se producen durante la menstruación. Particularmente, se habla de dismenorrea primaria cuando no existe una patología pélvica que explique el trastorno, mientras que la dismenorrea secundaria se asocia a problemas congénitos o patologías tales como la endometriosis (Amigo y Fernández, 1998; pág. 111).

La sintomatología de la dismenorrea primaria incluye un amplio elenco de síntomas que Stephenson (1983) ha ordenado del siguiente modo:

•  Dolor: provocado por los espasmos y contracciones de los músculos uterinos y localizado en la zona pélvica con una posible irradiación a la cara interna de los muslos y a la espalda.

•  Efectos psicológicos premenstruales: Irritabilidad, fatiga, disforía, desgana.

•  Retención de agua: Hinchazón abdominal, dolor de vientre o edema.

•  Alteraciones gástricas: Náuseas, vómitos, diarrea o estreñimiento.

Los síntomas generalmente comienzan durante el primer día de la menstruación, aunque pueden comenzar uno o dos días antes y persistir durante algunas horas o días después (Amigo y Fernández, 1998; pag. 112). En 1931, R. T. Frank denominó tensión premenstrual a los cambios de humor que se producen en los tres o cuatro días inmediatamente anteriores a la menstruación (más o menos entre los 23 y 26 ó 28 del ciclo). Esta fase se caracteriza por los sentimientos negativos, que se extienden a la depresión, ansiedad, irritabilidad y la baja autoestima. La depresión, la ansiedad, la irritabilidad y el descenso en la estimación de sí mismas, han sido mencionados como síndromes que afectan de un 24 a un 100 por 100 de la población estudiada.

Al evaluar las consecuencias prácticas de las investigaciones sobre los cambios de estados de ánimo y la fase menstrual, debemos tener presentes algunas consideraciones importantes. En primer lugar, la magnitud de los cambios de estado de ánimo depende en gran medida de cada mujer. En función de su ajuste psicológico y de sus experiencias. Diversas investigaciones (Paulson, 1961; Levitt y Lubin, 1967; Spera, 1969) han encontrado correlaciones significativas entre los trastornos y las actitudes neuróticas de la mujer hacia la menstruación y hacia sí misma. Así, la investigación psicofisiológica o la investigación realizada en el campo de la psicosomática demuestra que existen relaciones importantes entre el tipo de personalidad, los conflictos, los estilos que se emplean para competir o fracasar, y el desarrollo general de los síntomas psicosomáticos (Bakal, 1992). Así la femineidad normal implica la aceptación de la menstruación, del embarazo y la maternidad, como consecuencias normales y deseables de la condición de ser mujer (Bardwick, 1986; pág. 123). Lo cual, coinciden los estudios psicoanalíticos, en afirmar que en el caso específico de las mujeres, los trastornos ocurridos en su sexualidad: trastornos en la menstruación, la fertilidad, el embarazo, el parto y el climaterio, se relacionan estrechamente con relaciones disfuncionales en la infancia, en relación principalmente a su entorno directo familiar: padre, madre y hermanos. (Langer, 1948; Deutsch, 1947; Read, 1944; Lorand, 1939; Heilbrun, 1965ª, 1968; Lynn, 1962; Sears, 1965; Wright y Taska, 1966; Mussen y Rutherford, 1963, entre otros).

En cuanto a los tratamientos más eficaces que se observan en esta área suelen iniciarse con medicación. Estos tratamientos se inician con la “prueba” de diferentes drogas hasta encontrar la más eficaz, luego se prescribe la dosis necesarias de acuerdo al caso (Laufer y Goldstein, 1998) pero en el caso de que la misma terapéutica fracase, y se hayan agotado otras medidas diagnósticas y ensayos terapéuticos (Smith, 1993) se considera seriamente la realización de una laparoscopia (Speroff, Glass y Kase, 1999; Ventolini, Long, y Diller, 1997).

Un problema que se ocasiona es el de la automedicación. Así la automedicación es la principal forma de tratamiento en algunas poblaciones (Pedron-Nuevo, Gonzalez-Unzaga, De Celis-Carrillo, Reynoso-Isla, y De La Torre-Romeral, 1998) llegando a 70% en Canadá (Campbell y McGrath, 1997). Las drogas más utilizadas, al menos en poblaciones bien evaluadas, son los antiespasmódicos (Pedron-Nuevo, Gonzalez-Unzaga, De Celis-Carrillo, Reynoso-Isla, y De La Torre-Romeral, 1998), que pueden ser completamente ineficaces, generando descrédito en la terapéutica. Contrariamente a lo que suele creerse, que la automedicación se ve en los casos menos severos, dos estudios canadienses demuestran que las adolescentes se automedican más cuando los síntomas son más intensos (Campbell y McGrath, 1997; Chambers, Reid, McGrath y Finley, 1997). Con frecuencia, cuando se recurre a drogas que podrían ser útiles, se lo hace en dosis no adecuadas (Laufer y Goldstein, 1998; Campbell y McGrath, 1997), lo cual obliga a manejar cuidadosamente la información, cuando una adolescente consulta e indica que “ya tomé eso y no me alivió”.

El problema es que muchas de las drogas recetadas y administradas ocasionan muchas veces dificultades. Así, la aspirina no se utiliza porque puede aumentar el flujo menstrual (Schroeder y Sanfilipo, 1999); la indometacina tiene varios efectos secundarios, por lo cual no se la prescribe habitualmente (Smith, 1993; Schroeder y Sanfilipo, 1999); en general se comienza el tratamiento con ácidos propiónicos (naproxeno, ibuprofeno) (Laufer y Goldstein, 1998) y si no resultan efectivos se pasa a fenamatos (ácido mefenámico, ácido flufenámico). Pero los mismos galenos tienen en cuenta que el estrés vital de las pacientes pueden reducir el efecto de alivio en el primer ciclo de toma de la medicación (Schroeder y Sanfilipo, 1999; Durant; Jay y Shoffiph, 1965); que muchas veces el período de prueba que se necesita (no menor de dos a 6 meses) (Laufer y Goldstein, 1998; Speroff, Glass y Kase, 1999) antes de decidir que la terapéutica no es eficaz, es algo que no muy pocas veces desespera a la adolescente que padece de estos trastornos. Por lo que aún entonces no se ha planteado la solución eficaz.

 

 

 

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