EXPERIENCIAS INFANTILES Y TRASTORNOS EN LA SEXUALIDAD EN JÓVENES UNIVERSITARIAS DE LIMA
Psic. Roa Meggo, Ysis
DISCUSIÓN:
Los resultados obtenidos pueden ser analizados a la luz de dos aspectos: la relación entre nuestros hallazgos y los antecedentes de investigación en este campo y su significación en cuanto a su utilidad para nuevos proyectos de investigación en sexualidad femenina.
En primer lugar uno de los objetivos de la investigación fue determinar la relación entre las experiencias infantiles y los trastornos en la sexualidad femenina. El grado de significancia de esta relación pudo ser hallado, al demostrarse que una experiencia infantil positiva, en especial una buena relación con la madre, se relacionaba estrechamente con una sexualidad femenina libre de trastornos. Es así que una buena relación con la madre en la infancia se asocia fuertemente y de forma positiva con la importancia que las jóvenes le dan a funciones específicas de su sexualidad tales como la maternidad y, en sentido contrario, se asocia de forma negativa con la presencia de síntomas neuróticos. De estos resultados se desprende que una mala calidad en la relación de la niña con su madre dispone la presencia de síntomas neuróticos y trastornos en la función sexual adulta tales como los “trastornos y angustia menstrual”, “angustia ante el embarazo y el parto”, “creencias feministas”, “independencia defensiva ante el esposo” y las “actitudes de privación maternal”.
Los resultados también demuestran que las experiencias infantiles de discriminación parental por algún hermano u hermana afectan el desarrollo sexual de las mujeres. A decir de Sherman (1978; Pág. 140) “Los factores que influyen en la adopción por parte de las niñas de una conducta congruente con el rol sexual incluyen el nivel de desarrollo cognoscitivo, la autoridad de los padres y sus cuidados, la posición ordinal y la edad, sexo y status de los hermanos.”. Así, la preferencia de la madre por uno de los hijos varones en detrimento de la niña, aumenta su disposición a tener “creencias feministas” en la juventud; resultado que estaría apoyado por la literatura psicoanalítica en sus conceptos relativos a la “envidia del pene”. En este contexto, si la madre prefiere más al hijo varón que a la mujer, la niña siente envidia de los privilegios que otorga esta preferencia de la que le gustaría también gozar. Así, la “envidia del pene” tendría una base real que se hace evidente por el hecho de que la madre prefiere y valora más el papel masculino, no tanto por su valor cultural sino por su ligazón inconsciente. Es importante acotar que estos resultados han sido comprobados por Rosenberg y Sutton-Smith (1964) quienes encontraron que las chicas pertenecientes a familias de dos hijos con hermanos varones eran menos femeninas que las niñas con hermanas. A decir de Joyce McDougall (1996, Pág. 68): “Si la niña advierte que su feminidad no es aceptable a los ojos de la madre, interpreta esta percepción como una demanda materna de que adquiera los atributos psíquicos «masculinos» a fin de gustarle y merecer su amor.”
Por otro lado, los resultados indican que cuando la madre prefiere a una de las hermanas más que a ella, afecta de forma más marcada aún a la sexualidad de la niña. Así, cuando la madre prefiere más a una de las hermanas en detrimento de la niña, aumenta su disposición a poseer actitudes y comportamientos asociados a la “independencia defensiva ante el esposo”, las “creencias feministas” y la presencia de “síntomas neuróticos”. En sentido inverso, disminuye su disposición a atribuirle “importancia vital a la maternidad”.
Es importante resaltar que no se considera que la madre debe inculcar un papel femenino en la hija o el padre un papel masculino en el hijo, sino que ésta identificación se da en la interacción de ambos padres, quienes participan de forma diferente en la educación y el cuidado de los hijos. Siendo, a decir de Heilbrun (1968; Pág. 135) que en el caso de las niñas: “El patrón de identificación intermediario predominante de una identidad femenina en la sexualidad de las chicas consiste en la identificación con una madre femenina.” Siendo evidente que si la madre no tolera su propio cuerpo de mujer, la hija no tendrá posibilidad de identificarse con la madre como mujer.
Los autores han encontrado que las actitudes de las jóvenes prefiguran su comportamiento. Lo cual es importante detectar cuando se tienen actitudes que contradicen el desarrollo óptimo de una determinada función. Así Levitt y Lubin (1967), con respecto a la sintomatología menstrual, en una muestra de 221 sujetos encontraron correlaciones que sugerían que las dolencias menstruales están relacionadas con las actitudes hacia una menstruación no deseada y con las tendencias neuróticas y paranóicas. Hurst y Strousse (1938) entrevistaron a 100 mujeres embarazadas y encontraron que únicamente tres estaban menos ansiosas durante el embarazo, 22 conservaban en todo el periodo el mismo estado de ansiedad y las restantes 75 acusaban mayor ansiedad. Read (1958) también encontró que la mayoría de mujeres embarazadas que atendía en consulta tenían actitudes que contradecían un desarrollo óptimo de procesos tales como el embarazo, encontrando que poseían una serie de ideas que giraban en torno a los malestares en el embarazo y al dolor que suponían tendrían en el momento del parto, lo cual según él obstaculizaba ya de antemano un proceso tan natural y libre de dolor como podría ser el parto. Así, de nuestros resultados, el 91,8% considera que el embarazo produce una serie de malestares (hiperemesis gravídica) y el 84,3% considera que el parto es una experiencia dolorosa.
La frecuencia de trastornos y angustia menstrual nos señala un porcentaje también alarmante, un 70% de la muestra nos indica que padece de estos trastornos (dismenorrea o cambios psicológicos asociados con el ciclo). Las investigaciones han demostrado la asociación entre los cambios psicológicos (tales como la ansiedad, la depresión, los temores, el mal humor, mayor hostilidad, entre otras) y el proceso de la menstruación.
A pesar de que estos trastornos se hayan convertido en fenómenos frecuentes en estos tiempos y que por lo tanto hayan recibido su clasificación de «normales», no podemos como profesionales dejar de analizar si este hecho es producto de una sexualidad saludable. Diversas investigaciones (Paulson, 1961; Levitt y Lubin, 1967; Spera, 1969) han encontrado correlaciones significativas entre los trastornos y las actitudes neuróticas de la mujer hacia la menstruación y hacia sí misma. Las investigaciones psicoanalíticas, por su parte, han demostrado que los trastornos asociados a la menstruación no suelen ser características de mujeres con una sexualidad satisfactoria. A decir de Benedek (1942, 1952ª, 1959) “éstos efectos no son tan grandes en las mujeres normales como en las neuróticas y sexualmente frustradas”.
Los escritos psicoanalíticos han acentuado el papel de varias actitudes neuróticas en los síntomas menstruales; como son los sentimientos de protesta viril, miedo al embarazo, frustración de los deseos de concebir y un renacimiento de la angustia de castración original (Sherman, 1978) Así Weiss y English (1957) concluyeron que “las mujeres odian la menstruación como símbolo de su feminidad”. Teniendo como etiología principal este conflicto, una falla en el proceso de identificación, el cual requiere de una madre que demuestre satisfacción con las funciones y procesos propios de su sexualidad. Así Joyce Mc Dougall (1996, Pág. 38) referiría: “la madre tiene que valorizar la feminidad de su hija, así como se estima a sí misma como mujer en su vida social y sexual.”
En cuanto a la escala de “independencia defensiva ante el esposo” se encuentra un porcentaje significativo (60.5%) de mujeres que considera que “no debe dejarse llevar por el amor porque luego el hombre se aprovecha” y un 62.8% que considera que “no tiene por qué contarle todo a su esposo porque cada uno debe tener su espacio”. Siendo ambas actitudes contrarias a lo que significa una vida en comunión con su pareja.
En cuanto a la escala que mide “Actitudes de privación maternal «primero el trabajo, después mi hijo»” encontramos de la muestra total que un 61,8% esta de acuerdo con la premisa “trabajaré mientras mi hijo está pequeño para ahorrar dinero y así darle un futuro mejor”. Sin duda esta es una premisa bastante popular entre las jóvenes hoy en día, pero que es potencialmente nociva, debido a que los estudios del desarrollo infantil han enfatizado en la importancia del vínculo madre-hijo en los primeros años de vida, como factor importante de protección para diversas perturbaciones en el desarrollo (Ribble, 1943; Freud A., 1965; Goldfarb, 1943; Spitz, 1945, 1946; Bender, 1947; Glueck, 1950; Ainsworth, 1966, 1972; Bowlby, 1958, 1966, 1969; Bowlby, Robertson y Rosenbluth, 1952; Guex, Odier, 1947, 1950, Reymond Rivier, 1980; Benedek, 1959; Winnicott, 1956; Porot, 1969; Schaffer y Emerson, 1964; Rutter, 1990, entre otros) De este modo se ha afirmado que los cuidados maternos adecuados no eran posibles cuando la madre salía a trabajar (Baers, 1954 en Rutter, 1981) porque a decir de Bowlby (1951) un niño pequeño es incapaz de mantener una relación con una persona en su ausencia y que por esta razón incluso las separaciones breves quebrantan una relación. Por su parte, el empleo de guarderías diurnas tiene un efecto pernicioso y especialmente grave (Comisión de expertos en Salud Mental de la OMS, 1951) Ainsworth (1969 en Rutter, 1981) llegó a la conclusión, sobre la base de la interacción madre-bebé, de que un rasgo clave era la sensibilidad materna a las señales de su hijo, situación que es rara en una guardería debido a que muy pocas veces en una institución una mujer se puede ocupar únicamente de un bebé.
Del análisis de los componentes principales (ACP) se encuentran 3 tipos de componentes, lo que equivale a decir que los tipos de sujetos que se encontraron en la muestra se han agrupado debido a sus características en común. Así, se delimitan 3 tipos de mujeres marcadamente distintas entre si. La Tabla III nos señaló los 3 tipos de perfiles que encontramos en el análisis de ésta muestra y que pueden ser descritas de la siguiente forma:
- Las mujeres que tienen un conflicto intenso con aspectos de su sexualidad. Y se caracterizan por tener una relación significativamente positiva con: los “indicadores de síntomas neuróticos”, las “actitudes de privación maternal, primero el trabajo, después mi hijo”, la “independencia defensiva ante el esposo”, las “creencias feministas”, y los “trastornos y angustia menstrual”. Confirmando los estudios de Coppen (1958) en los cuales encontró que las mujeres que padecían toxemia en el embarazo habían tenido una menarquía con más disturbios emocionales, tensión pre-menstrual, pobre ajuste sexual, síntomas psiquiátricos durante el embarazo, y sentimientos enfermizos respecto del mismo, más acidez y vómitos repentinos durante el estado de gestación, altas puntuaciones en la escala de neuroticismo en el Maudsley y puntuaciones andrógenas anormales que indicaban conflicto con su femineidad.
- El segundo grupo conformado por mujeres que están en conflicto con algunos aspectos de su sexualidad. Mujeres que bien podrían calificarse de “mujeres antiguas” aquellas que ya nos describían algunos textos psicoanalistas. Estas mujeres se caracterizan por ser muy maternales pero a la vez son prácticamente ascéticas debido a un conflicto sexual, considerando en su mente la existencia de 2 tipos de mujeres: “la mujer ama de casa” y “la mujer sexualmente despierta o mujer de la calle” como la denominan. Así, aunque poseen actitudes positivas frente a la experiencia de ser madre y a la diferenciación de roles en el hogar, tienen también “restricciones sexuales por considerarlas nocivas para salud” y “angustia ante las relaciones sexuales”.
- Un tercer grupo formado por mujeres que han tenido una experiencia infantil muy positiva, la cual se relaciona de forma significativa e inversa con la angustia ante el embarazo y el parto y con las creencias feministas. Confirmando lo que Grimm, Venet (1966) y Grimm (1969) en una muestra de 124 mujeres embarazadas encontraron, que el deseo de ese embarazo estaba significativamente asociado a la relativa falta de síntomas neuróticos. Y también con lo que Després (1937) informaba sobre las actitudes de 100 primíparas. Esta autora encontró que las mujeres con actitudes más favorables hacia sus embarazos eran menos neuróticas y habían tenido una relación más estrecha con sus madres.
De la tabla III podemos subrayar el hecho de que los 2 primeros grupos señalan conflictos con aspectos de su femineidad y a su vez ninguno de los dos señala una significativa experiencia infantil positiva. En cambio el tercer grupo está compuesto por mujeres que han tenido una experiencia infantil positiva en la infancia lo que estaría significativamente relacionado con la ausencia de angustia ante el embarazo y el parto y con la ausencia de creencias feministas.
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